Imagina que ganas un sorteo donde tienes dos posibles premios para elegir: tu primera opción es una tarjeta de regalo de una tienda departamental con valor de $3,000 dls. o la segunda opción, un viaje todo pagado al país que tu desees durante una semana.

¿Cuál premio elegirías?, ¿Cómo saber cuál es la mejor decisión?, ¿Quedarías conforme con tu decisión al paso del tiempo?, ¿Qué te hará más feliz?

En ocasiones nos encontramos en situaciones donde nos toca tomar decisiones de este tipo: invertir en objetos o experiencias y muchas veces pasamos por alto el valor futuro de la decisión que tomamos. El profesor de psicología Thomas Gilovich de la Universidad de Cornell han encontrado que las experiencias producen una felicidad más duradera que los objetos. Esto debido a varios factores, por una parte, la anticipación de una experiencia provoca una mayor excitación y disfrute, mientras que la anticipación de obtener una posesión causa impaciencia por tenerlo.

Otro factor que se presenta es que no comparamos las experiencias en el mismo plano que los objetos. En un estudio realizado por el psicólogo Daniel Gilbert de la Universidad de Harvard se le preguntó a un grupo de personas si preferían tener un salario alto, que era más bajo que el de sus compañeros, o un salario bajo, que era más alto que el de sus compañeros, muchos de ellos no estaban seguros qué decidir. Pero cuando se les realizó la misma pregunta sobre la duración de las vacaciones, la mayoría de la gente eligió unas vacaciones más largas, aunque era más corto que el de sus compañeros. Esto hace que la decisión que tomemos no tenga una comparativa objetiva y “racional” dando lugar a la interpretación de felicidad de cada persona.

Pero un detalle que no tomamos en cuenta cuando nos decidimos y elegimos a un objeto que a una experiencia es un factor natural que se llama: adaptación hedónica. Esto es la tendencia del organismo de adaptarse a nuevas situaciones para mantener un equilibrio emocional. Todas las personas tenemos una línea base de equilibrio de la cual puede ir fluctuando según lo que vamos viviendo, es evidente que las novedades o cosas nuevas generen un estado emocional muy positivo y muy elevado, pero al paso del tiempo el organismo se adapta a esa nueva situación y vuelve a su línea base. Esta acción del organismo de adaptarse emocionalmente nos ayuda a poder sobrellevar cualquier tipo de cambio tanto positivo como negativo y adaptarnos. A su vez, la compra de nuevos objetos lleva a nuevas expectativas. Tan pronto como nos acostumbremos a una nueva posesión, buscamos una mejor aún.

¿Y qué pasa con las experiencias?

A diferencia de comprar cosas, los estudios han demostrado que gastar en experiencias hacen que los periodos de felicidad sean más duraderos y de mayor calidad. Esto se atribuye al hecho de que las experiencias duran sólo un corto espacio de tiempo, nos hace valorarlas más y ese valor tiende a aumentar con el paso del tiempo debido al recuerdo emocional que guardamos de éstas. Otro gran valor que tienen las experiencias es que son inherentemente sociales, debido a que por lo general tenemos una experiencia con nuestra pareja, algún familiar o amigo, lo que las hace una historia de vida que no dudamos en compartir y como ya se ha demostrado, el compartir una experiencia hace que sea de mayor calidad y genere un mejor recuerdo.

Al final del día, nuestra memoria colectiva como sociedad está profundamente marcada por las experiencias, vivencias y los aprendizajes que tenemos de éstas más allá de los objetos. Y así como las personas tenemos que invertir tiempo y dinero en nuestra felicidad a través de experiencias, las marcas y las instituciones también deben aprender a ofrecer experiencias hedónicas, más allá de sólo objetos, que realmente hagan una diferencia en la calidad de vida de la gente.

 

Alberto Fernández

Analista IZO Insights

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